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¿Fue Villa héroe o bandido?

  • Por Miguel A. Ramírez-López

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Por Miguel A. Ramírez-López.

En Chihuahua, la Revolución no está en los museos: sigue respirando. Habita en bodegas donde el polvo es pólvora vieja y en negativos que aún conservan la luz exacta de un país que se rompía. En esta investigación de La Opción de Chihuahua, tres miradas distintas —el historiador, el archivista y el guardián de la imagen— coinciden en una misma conclusión: México aún no termina de explicarse a su propio mito.

Jesús Vargas Valdés disecciona al Villa político desde los documentos; Reidezel Mendoza Soriano desmonta las versiones cómodas que no resisten archivo; Rubén Beltrán abre las cajas donde Villa soñó con ser empresario antes que caudillo; y Jorge Meléndez sostiene entre guantes de látex las fotografías que lo volvieron ícono global.

Lo que aparece no es un héroe ni un villano, sino un Villa múltiple y contradictorio, consciente del poder, obsesionado con su imagen y dueño de su propia narrativa. En una Chihuahua donde cada archivo arde y cada memoria compite, la pregunta ya no es quién fue Villa, sino quién lo contó primero…, y quién lo está contando ahora.

Villa enarboló los sueños del pueblo: Jesús Vargas Valdés

Para Jesús Vargas Valdés, uno de los historiadores que más hondo han escarbado en los pliegues de la vida villista, Francisco Villa no puede leerse desde la élite, ni desde la obsesión moderna por reducir la Revolución a cifras de muertos y documentos oficiales. Hay que leerlo —dice— desde abajo. Desde los peones, los arrieros, los vaqueros, los jornaleros que conocían la pobreza no como concepto histórico sino como única certeza posible.

«Villa enarboló los ideales, los sentimientos y los sueños del pueblo», afirma Vargas, quien ha pasado décadas revisando archivos municipales, testimonios orales, fotografías olvidadas y expedientes judiciales para reconstruir la figura que otros despachaban con estereotipos. Su convicción parte de una tesis que incomoda a quienes prefieren al Villa bandido o al Villa caudillo autoritario: que la fuerza del general radicó en la legitimidad social que lo sostuvo.

Vargas insiste en algo que suele perderse en la lectura contemporánea: Villa no fue un líder impuesto ni un comandante que emergió por decreto de Madero o Carranza. Surgió del agravio cotidiano que millones habían padecido en las haciendas porfiristas. El hambre, el maltrato, la explotación, el sistema de deudas que impedía la libertad y la violencia institucional eran el caldo que incubó a Villa y al villismo.

«Cómo le fue a cada quien en la feria», dice Vargas con ironía, es lo que marca la interpretación. Para los hacendados arrebatados de sus privilegios, Villa será siempre el bandolero. Para los federales derrotados, el enemigo feroz. Para los campesinos que por primera vez comieron carne todos los días en las filas de la División del Norte, el hombre que les devolvió una dignidad política que nunca habían tenido.

Vargas subraya un elemento que para él desmonta lecturas moralistas: Villa murió sin riquezas. «Nunca se enriqueció como otros revolucionarios», afirma, y recuerda que su patrimonio al morir era prácticamente inexistente. No acumuló haciendas, no dejó cuentas, no heredó fortunas. Algo insólito en una época donde muchos caudillos aprovecharon la guerra para asegurarse un futuro personal.

Esa renuncia —o simple indiferencia— hacia la riqueza material es, para Vargas, una de las claves para entender por qué Villa se convirtió en símbolo. No se trataba de una pureza moral idealizada, sino de una congruencia política difícil de ignorar. Villa, sostiene Vargas, podía ser brutal, intempestivo, desobediente y explosivo, pero jamás abandonó la convicción de que su lealtad era con los de abajo.

Incluso en los episodios más polémicos, Vargas invita a mirar el contexto completo. La guerra civil no fue un laboratorio de virtudes; fue un terreno donde todos los bandos incurrieron en ejecuciones sumarias, expropiaciones, venganzas y excesos. «Pero Villa —dice— es el único cuya violencia se interpreta siempre como rasgo natural, mientras que la de Carranza o la de Huerta se explica como estrategia». Ese doble estándar, a su juicio, forma parte de la disputa simbólica.

Vargas también reivindica algo que suele perderse bajo el peso del mito: la inteligencia política de Villa. Su alianza con Francisco I. Madero, su temprano enfrentamiento con Victoriano Huerta, la manera en que reorganizó tropas, diseñó estrategias y operó con una lógica militar poco estudiada. La División del Norte no fue sólo un ejército carismático: fue un cuerpo profesionalizado, rápido, disciplinado y capaz de ganar batallas imposibles.

Por eso, dice Vargas, Villa permanece vivo en el norte como Zapata en el sur: porque no es un personaje de bronce, sino un relato que todavía habla a la experiencia popular. Un lenguaje emocional más que académico. Un símbolo que no se agota en las biografías oficiales.

Al terminar su argumento, Vargas deja una idea que funciona como frontera y sentencia: «Villa fue un héroe popular no por ser perfecto, sino porque millones se reconocieron en él».

Era un criminal desde mucho antes de 1910: Reidezel Mendoza Soriano

La lectura de Reidezel Mendoza Soriano (historiador y encargado del Archivo Histórico de la Arquidiócesis de Chihuahua) entra al debate como un golpe seco sobre la mesa. Su tesis no es una reinterpretación suave ni una crítica matizada: es un desmontaje frontal del mito. Para él, Francisco Villa no fue un hombre transformado por la Revolución, ni un caudillo contradictorio al que la guerra endureció. No: la semilla —dice— estaba desde el principio.

«Villa en pocas palabras era un tipo que se robó hasta el nombre», sentencia. Reidezel no lo dice como provocación, sino como conclusión de años revisando expedientes judiciales, hemerografía de época, archivos municipales, declaraciones notariales y documentos dispersos que rara vez aparecen en las biografías tradicionales. En esos registros, afirma, no aparece el héroe: aparece José Doroteo Arango Arámbula, un joven inmerso en un circuito de delitos antes de cumplir los veinte años.

Reidezel enumera con precisión quirúrgica los elementos que, desde su perspectiva, confirman esa trayectoria temprana: el abigeato como práctica sistemática, los robos a haciendas, la extorsión a comerciantes rurales, el cobro por venganzas privadas y asesinatos encargados por patrones o intermediarios. «Hoy —dice sin titubeos— le llamaríamos sicariato». Para él, lo más inquietante no es la violencia en sí, sino el hecho de que Villa operaba dentro de una red social amplia, con conexiones entre hacendados, peones y sectores medios que se beneficiaban de aquel orden criminal.

Esa estructura —afirma— no desapareció con el estallido revolucionario, simplemente se recubrió de legitimidad política. «El Villa de 1910 es el mismo delincuente profesional, sólo que ahora con bandera política», insiste. La Revolución, en su lectura, fue el escenario perfecto para que Villa escalara su poder real: más armas, más hombres, más capacidad de intimidación y más margen para ejercer violencia sin las restricciones legales que enfrentaba antes de la insurrección.

Uno de los casos que más lo cimbraron en su investigación es el asesinato de las hermanas González, en 1918, ordenado —según la documentación que presenta— por el propio Villa. Reidezel describe este episodio no como una anécdota suelta, sino como un ejemplo paradigmático de lo que él considera la lógica villista: mujeres secuestradas, torturadas y ejecutadas junto a una bebé de nueve meses. La contundencia de la evidencia —testimonios, periódicos, fotografías forenses, actas de defunción y la memoria sobreviviente de una de las víctimas— lo llevó a reafirmar su conclusión: «Villa no fue un revolucionario con excesos. Fue un criminal que aprovechó el poder para abusar de los más débiles».

Su crítica no se detiene ahí. Otro punto que desmantela es el mito de las escuelas fundadas por Villa, repetido durante décadas con cifras exageradas —50, 100 o más— y que, según Reidezel, tiene un origen muy preciso: el entusiasmo romántico del periodista estadounidense John Reed, cuyas crónicas, aunque vibrantes, mezclaron observación directa con interpretaciones idealizadas. «No se fundaron escuelas; desaparecieron escuelas», afirma Mendoza. «No hay pruebas físicas ni documentales de esas supuestas instituciones». Los archivos de gobierno, dice, no registran presupuestos, planos, maestros, nóminas ni actas de inauguración.

Para Mendoza Soriano, el debate sobre Villa no puede resolverse con simpatías personales, sino con evidencia. Y la evidencia, según su investigación, es implacable. La figura del héroe —sostiene— está construida sobre silencios, omisiones y una narrativa nacionalista que necesitaba íconos más que verdades.

Por eso, cuando otros hablan de un Villa humano, político o contradictorio, él vuelve siempre a la misma frase, seca, sin adornos: «Después de leer todos estos abusos, yo calificaría a Villa como lo que fue: un criminal».

Villa empresario, Villa contradictorio, Villa humano: Rubén Beltrán

Rubén Beltrán, cronista y encargado del Archivo Histórico de Chihuahua, no llega a Pancho Villa desde la devoción ni desde la condena. Llega desde los documentos. Y en esos papeles —escrituras, permisos, oficios, solicitudes firmadas en tinta vieja— aparece un Villa inesperado, muy lejos del estereotipo del caudillo impulsivo y sólo armado.

Beltrán recuerda un episodio clave: 1911, cuando Francisco I. Madero llega a Chihuahua tras la firma del armisticio de Ciudad Juárez. En ese contexto, Villa acude a la ciudad no como general temido, sino como un hombre con aspiraciones económicas claras.

«Tenemos documentos —dice Beltrán— que muestran la vocación de empresario de Villa». Lo primero que hizo fue pedir permiso para convertirse en introductor de ganado en el rastro de Chihuahua. Le fue concedido. Inmediatamente después solicitó autorización para abrir carnerías en la ciudad. También se le concedió.

Los documentos muestran lo siguiente: Un permiso que pide Pancho Villa al Ayuntamiento de Chihuahua, en concreto, al presidente municipal Gabriel Gardea, respondiéndole este último a Villa:

«Chihuahua, julio 19 de 1,911.

Habiendo llenado los requisitos que exige el reglamento del Rastro de la Ciudad, se concede el permiso que solicita.

El Presidente Municipal.

Gabriel Gardea».

 

Y otro archivo donde Villa solicita permiso para vender carne en un nuevo expendio:

«Presidente Municipal.

Cumpliendo con el Reglamento vigente de expendio de carne, manifiesto que con esta fecha he abierto un expendio ubicado en la calle 20 y Ygnacio Ramírez, anticipando que su construcción llena los requisitos del reglamento de referencia.

En virtud de lo expuesto: Solicito del I Ayuntamiento, el permiso respectivo para la venta de dicho artículo.

Chihuahua, Enero 15 de 1912.

Francisco Villa».

 

Esa doble gestión, archivada y verificable, lo llevó a una conclusión: «Ese Villa de 1911 nos pinta a un hombre que, si no lo hubieran matado, habría sido un gran empresario».

Beltrán reconoce que esta faceta sorprende a quienes sólo conocen la narrativa épica o violenta del Centauro. Villa, analfabeta y reputado bandolero por muchos, emerge en los archivos como alguien capaz de organizar recursos, administrar negocios y pensar en proyectos civiles. «Gobernador de obreros», dice Beltrán, subrayando que la figura pública y la privada no siempre coinciden.

Pero el cronista no idealiza. Advierte que la historia social tiene una pregunta inevitable:

«¿Ángel o demonio?».

Y responde sin titubeos:

«Ni ángel ni demonio: un ser humano con todas las fallas y todos los aciertos».

Ese matiz, insiste, es indispensable para leer a Villa sin prejuicios. Porque también existen momentos luminosos en su vida política: como cuando, en diciembre de 1913, le dice a Silvestre Terrazas que su mayor sueño para Chihuahua es fundar una universidad. Beltrán recalca la paradoja: «Ese analfabeta es el primero que piensa en que Chihuahua tenga una universidad». Incluso dejó recursos para ello, aunque los vaivenes de la Revolución impidieron que el proyecto se concretara.

Beltrán resalta otra dimensión, la capacidad organizativa del general. Cuando Villa toma Zacatecas, dirige el ejército más grande del mundo en ese momento: 40 mil hombres. Una cifra que contrasta con la modestia de las oficinas donde Beltrán trabaja: «Aquí batallamos para coordinar a tres personas», bromea. «Villa, analfabeta, manejaba a 40 mil».

Y está también la presencia internacional del personaje. Beltrán recuerda una anécdota en Ecuador, donde tras un panel sobre culturas indígenas, un asistente pidió que el mexicano presente diera una conferencia…, sobre Pancho Villa. No sobre la Revolución, ni sobre México, sino sobre él. «Pancho Villa es conocido en todas partes», afirma.

El cronista también conoce el otro lado de la balanza: quienes han recopilado exclusivamente las atrocidades, construyendo una imagen monstruosa a partir de una selección de hechos que otros ya habían documentado. Y, en contraste, quienes exaltan sólo lo heroico. Él prefiere un camino intermedio y cita a quien considera el más objetivo: Friedrich Katz.

Antes de terminar, Beltrán vuelve a los archivos, a la memoria documental. Recuerda su visita reciente a La Coyotada, el lugar donde nació Villa, y la figura del doctor Ernesto Visconti, autor de El Güero Doroteo Arango, uno de los pocos que investigó seriamente la infancia del caudillo. «Todos se van al guerrillero, al hombre de muchas mujeres, al de los balazos. Ernesto se fue al niño y al joven. Y eso casi nadie lo ha hecho».

Por eso lamenta su muerte. Y celebra que, en la tierra natal de Villa, los cronistas hayan recordado a Visconti: «Porque le dio mucho a Chihuahua», dice.

Para Beltrán, ese es el verdadero desafío: sostener todas las piezas a la vez —el empresario, el analfabeta visionario, el jefe militar, el hombre violento, el político frustrado, el mito internacional— sin caer en absoluciones o condenas fáciles.

Porque Villa, dice, no cabe en una sola frase.

Villa frente al lente, la construcción visual del mito: Jorge Meléndez

El sótano del antiguo Palacio Federal —ahora Museo Casa Chihuahua— es un archivero de luz. Entre negativos, placas de vidrio y ampliadoras antiguas, Jorge Meléndez, responsable de la Fototeca del INAH Chihuahua, ordena el caos de un siglo. Si alguien entiende que la Revolución también fue una guerra de miradas, es él. No por nada lleva años restaurando las sombras donde la historia dejó su huella.

«Francisco Villa —dice sin preámbulos— tuvo, como otros revolucionarios, una conciencia muy temprana del valor de las imágenes. Sabía que la fotografía le daba visibilidad en un país donde el retrato equivalía al poder».

Habla mostrando la digitalización de tarjetas postales, ampliaciones envejecidas y pequeños fotomontajes donde Villa aparece rejuvenecido, multiplicado o ennoblecido por la retórica visual de la época. Para Meléndez, no se entiende a Villa sin entender esa construcción gráfica que lo acompañó.

Cuando el llamado maderista comenzó a sentirse con más fuerza en Chihuahua, explica, Villa ya estaba siendo fotografiado. Las primeras imágenes que se conservan de él anteceden a la Batalla de Ciudad Juárez: «Aparece apenas como coronel, con sus hombres, en fotografías que luego reproducen revistas de la época. Era un jefe más, un nombre que empezaba a pronunciarse, pero su imagen ya circulaba».

Meléndez muestra desde su monitor una postal digitalizada. La pieza muestra un fotomontaje: Villa montado a caballo, posado como héroe, con un marco ornamental y una leyenda que lo eleva.

«Este —dice— lo hizo Ignacio Medrano Chávez, el Gran Lente, uno de los fotógrafos más conocidos en Chihuahua. Tenía su estudio a contraesquina de Palacio. Es la mezcla de documento y propaganda: un retrato que se vuelve discurso».

Villa y Orozco, recuerda, también fueron captados en momentos que contrastaban con la épica que luego se contaría. «Antes de la Batalla de Juárez, los sorprenden en una nevería, en El Paso, disfrutando un helado. Pero ahí está Villa, volteándose para que lo puedan reconocer. Sabía lo que significaba ser visto».

Meléndez insiste: los rebeldes no sólo se dejan fotografiar; buscan la fotografía. Los estudios hacen negocio con sus rostros. Los reporteros, cada vez más presentes, los siguen para captar instantáneas que puedan vender o enviar. La gente colecciona esas imágenes. Quieren saber cómo luce «ese tal Francisco Villa».

Las tarjetas postales son una pieza clave: pequeñas cartulinas gruesas que viajan por correo dentro y fuera del país. «Esa es la parte que muchos olvidan —dice Meléndez—. La revolución visual de la época permitió que la figura de Villa circulara de mano en mano. Se compraban en estudios, en puestos, se enviaban a Estados Unidos. Por eso allá están algunas de las colecciones más grandes».

Entre esas postales están también los fotomontajes sentimentales: Villa junto a Luz Corral, en poses que jamás ocurrieron pero que fueron diseñadas para construir una narrativa íntima del caudillo. «Eran muy populares —explica—. Una pareja idealizada, armada en el laboratorio fotográfico».

Pero, así como la imagen glorifica, también certifica la muerte. Meléndez muestra otro conjunto de fotografías: las del asesinato en Parral. «El cuerpo semidesnudo, las vísceras expuestas, los impactos… Estas imágenes funcionaron en su momento como prueba de que Villa había sido eliminado, de que ya no era una amenaza. Su circulación tenía un propósito político muy claro».

En la lectura del archivista, Villa entendió algo que hoy parece obvio, pero en su tiempo era revolucionario: la imagen lo inmortaliza. Si los ferrocarriles llevaron sus tropas, fueron las cámaras las que llevaron su rostro. «Así como hoy se comparten fotos en redes —dice Meléndez—, entonces se difundían para alabar o denostar. Era lo mismo: cada imagen tenía un origen, una intención, un objetivo. Y con el tiempo esos usos cambian».

El archivo es prueba de que Villa supo manejar ese poder visual mejor que casi cualquier líder de su época. Su figura, multiplicada en miles de copias, se volvió un ícono global antes de que existiera la palabra «viral».

Meléndez lo resume así, con la calma de quien ha visto pasar demasiadas imágenes para no saber leerlas: «Las fotografías cuentan quién fue, pero también quién quiso ser. Y en el caso de Villa, eso transformó para siempre la manera en que México mira a sus propios héroes».

Lo que Villa dejó para quien se atreve a mirar

Al final, cada uno —Vargas, Reidezel, Beltrán y Meléndez— revela apenas un ángulo del mismo rompecabezas: un país que todavía necesita explicarse a través de sus fantasmas. Villa es uno de ellos, quizá el más incómodo. Un hombre que quiso ser empresario antes que general; que organizó ejércitos gigantescos sin saber leer; que posó para los fotógrafos antes de entrar en combate porque entendió que la posteridad no perdona a quien no deja pruebas; que fue a la vez máquina de guerra y promotor de una universidad que nunca vio nacer.

La Revolución, vista desde Chihuahua, no es un capítulo cerrado: es una disputa permanente por el relato. Quien posee los documentos, la imagen, la anécdota o la lectura correcta del archivo, posee también una parte del país.

Por eso importa volver a Villa.

Porque en cada archivo que se abre, en cada postal recuperada, en cada fotografía restaurada, reaparece una advertencia: la historia no se hereda, se administra. Y Chihuahua —con sus cronistas, sus historiadores y sus custodios de la memoria— sigue disputando quién tiene derecho a contarla.

Lo demás, como siempre, será cuestión de luz, de papel…, y del tiempo que tarde el próximo en abrir otra caja del pasado.