Desafió Carranza al fuego en su histórico vuelo a Juárez
- Por Víctor Estala Banda
A ti ciudadano.
El Septiembre 2 de 1927
La tarde del viernes, Ciudad Juárez recibió como héroe al teniente Emilio Carranza, joven aviador del Ejército Mexicano que acababa de realizar una de las proezas aeronáuticas más notables de su tiempo: el primer vuelo sin escalas entre la Ciudad de México y esta frontera.
En el avión Coahuila del capitán Emilio Carranza cabían dos personas (originalmente diseñado para un piloto y un observador/artillero).
El "Coahuila" (apodado coloquialmente como el Tololoche) era un monoplano modelo TNCA Quetzalcóatl de fabricación 100% mexicana, diseñado con un configuración de dos plazas (biplaza). Sin embargo, para realizar su histórica hazaña del 2 de septiembre de 1927 —el vuelo sin escalas desde la Ciudad de México hasta Ciudad Juárez— el avión fue tripulado únicamente por Emilio Carranza.
Carranza, de apenas 21 años, había despegado de la capital mexicana a las 4:57 de la mañana. Diez horas y 49 minutos después, a las 3:46 de la tarde, descendió con precisión sobre el campo de aviación preparado especialmente para recibirlo, aproximadamente seis millas al sur de Juárez.
Había recorrido unas 1,200 millas, a una velocidad promedio cercana a las 120 millas por hora.
Pero la distancia y el tiempo de vuelo no fueron lo más extraordinario de su viaje.
El fuego en pleno vuelo!!!!
Entre Jiménez y Torreón, una falla en el silenciador del motor provocó que una de las alas de su avión comenzara a incendiarse.
Carranza comprendió inmediatamente la gravedad de la situación. El fuego amenazaba con consumir el aparato en pleno vuelo y dejarlo sin posibilidad de continuar.
El joven piloto llegó a pensar que aquel podía ser el final.
Sacó su paracaídas y, mientras buscaba una posibilidad de salvarse, observó a un costado una enorme nube negra cargada de lluvia.
-Entonces tomó una decisión que parecía tan peligrosa como el propio incendio: volar deliberadamente hacia la tormenta.
Abrió la válvula para comenzar a drenar la gasolina y dirigió el avión hacia aquella cortina oscura.
Y la naturaleza hizo lo que parecía imposible.
El avión entró en un torrente de lluvia. El agua cayó sobre el ala incendiada y consiguió apagar las llamas, mientras simultáneamente Carranza continuaba drenando la gasolina.
Carranza había salvado su vida y su aeronave.
“Pensé que el final estaba cerca.”
Así resumió posteriormente aquellos momentos dramáticos.
Después del fuego, la tormenta.
La aventura, sin embargo, todavía no terminaba.
Poco después de conseguir apagar el incendio, Carranza tuvo que enfrentarse a fuertes vientos en contra, que redujeron considerablemente su velocidad y le hicieron perder unos 40 minutos en el trayecto.
Aun así, el joven aviador mantuvo el control de su aparato y continuó hacia Ciudad Juárez.
Cuando finalmente apareció sobre el horizonte fronterizo, el peligro había quedado atrás.
Un avión construido en México.
La aeronave utilizada por Carranza fue un monoplano monoplaza, construido en la Ciudad de México y equipado con un motor alemán BMW de 185 caballos de fuerza.
El ala afectada por el incendio tendría que ser reparada y se instalaría una nueva hélice antes de emprender el viaje de regreso.
El aparato quedó bajo vigilancia de soldados de la guarnición de Juárez, mientras Sebastián Carranza, hermano del aviador y mecánico del Servicio Aéreo del Ejército Mexicano, se encargaría de supervisarlo.
Juárez recibe al héroe
La llegada de Carranza provocó entusiasmo a ambos lados de la frontera.
Funcionarios civiles y militares de Ciudad Juárez y El Paso acudieron a recibirlo. El aviador fue posteriormente homenajeado durante un banquete ofrecido por Harry Mitchell y E. Fernández, en el Café Mint.
Entre quienes acudieron a rendirle homenaje estuvieron el alcalde Antonio Corona, el teniente coronel Figueroa, el mayor Morales, el abogado municipal Moisés Garza Ramos, el editor M. J. Boretz, el presidente de la Cámara de Comercio de Juárez E. M. Sobral, el concejal de El Paso Robert Mullin y numerosos empresarios y funcionarios de ambas ciudades.
Carranza, además, tenía un apellido que despertaba particular interés en México: era sobrino del desaparecido presidente Venustiano Carranza.
El admirador de Lindbergh
El joven piloto no ocultaba su admiración por el coronel Charles Lindbergh, quien apenas unos meses antes había conquistado la fama mundial con su histórico vuelo en solitario sobre el Atlántico.
Carranza hablaba constantemente de Lindbergh y esperaba tener la oportunidad de conocer personalmente a su héroe.
Las autoridades militares y civiles de Juárez incluso solicitaron a la Ciudad de México que le concedieran una licencia adicional para que pudiera permanecer en la frontera y participar en los actos relacionados con la visita de Lindbergh.
A pesar de su hazaña, Carranza rechazaba cualquier reconocimiento personal.
Durante un banquete declaró:
“No hice nada; si hay que dar algún crédito, debería ser para el Ejército Mexicano.”
Una modestia que, según quienes lo conocieron, lo hacía parecerse todavía más al propio Lindbergh.
“Mi única novia es la lluvia de Torreón”
El episodio del incendio se convirtió inevitablemente en el tema de conversación de la noche.
Con humor, Carranza llegó a decir que su única novia era “la lluvia cerca de Torreón”, en referencia a aquella tormenta que, paradójicamente, había sido su salvación.
El joven aviador también mostró su carácter desenfadado durante el banquete. No era abstemio y bebió dos coñacs y un martini seco, además de probar el “Lindy-Carranza Flying Pousse”, una bebida especial preparada en su honor y en el de Lindbergh, con los colores rojo, blanco y verde.
El reconocimiento estadounidense
El general de brigada Edwin B. Winans, comandante de la Primera División de Caballería de Estados Unidos, también expresó su admiración por la hazaña.
En una carta dirigida al general Román López, comandante de la guarnición de Ciudad Juárez, Winans calificó el vuelo como una empresa larga y difícil y señaló que su culminación exitosa representaba un importante triunfo de las capacidades personales de Carranza y de su equipo.
Carranza permaneció en la frontera mientras se reparaba su avión. Posteriormente tenía previsto regresar a la Ciudad de México haciendo escalas en Chihuahua, Torreón y San Luis Potosí.
Un vuelo que pudo terminar en tragedia
A 99 años de distancia, el dato que quizá mejor resume aquella jornada no es solamente que Emilio Carranza recorrió 1,200 millas sin escalas.
Es que, en algún punto entre Jiménez y Torreón, su avión estaba en llamas.
Y el joven piloto de 21 años, en lugar de abandonar inmediatamente la aeronave, tomó una decisión desesperada: buscar una tormenta para apagar el fuego.
Entró en ella.
La lluvia extinguió las llamas.
Y Carranza continuó volando hasta Juárez.
Y así fue como aquella tarde de agosto de 1927, la frontera no recibió simplemente a un aviador que había completado un largo vuelo.
Recibió a un joven que había desafiado al fuego, a la tormenta y a la muerte, y había logrado aterrizar.