Un poco de historia: una de Apaches
- Por Víctor Estala Banda
A ti ciudadano.
Durante 1788, el virrey Manuel Antonio Flórez Maldonado, decretó que los apaches que se rindiesen en batalla debían ser considerados como prisioneros de guerra.
A finales de 1788, el capitán Manuel de Echeagaray había capturado un importante número de prisioneros apaches, entre ellos el jefe Pachatijú, quien fue enviado lejos del Presidio de Janos (Chihuahua).
La mayoría de los cautivos eran enviados a este presidio, lugar de reunión antes de ser enviados en collera al interior de México.
Junto a los cautivos, envió una nota a Antonio Cordero, comandante de Janos, pidiendo que una de las mujeres apaches no fuera incluida en la collera con el argumento: “… un apache de los recién pacificados que estuvo aquí con las tropas, se presentó ante mí y ante los que estaban conmigo y al examinarlos [a los prisioneros] reconoció el atuendo de un ser querido en una de las mujeres prisioneras manifestándome que respondía por ella… generalmente conocido por tener coraje y presteza y está destinado a espiar”.
El apache en cuestión se llamaba Tujlainla, y como Echeagaray esperaba utilizarlo en el futuro, pidió que la mujer cautiva, llamada María por los españoles, fuera entregada a Tujlainla. Cordero accedió a la petición.
La liberación de María y el envío en collera del resto de cautivos fue un mensaje muy claro para los apaches. Quien ayudaba a los españoles podía vivir en paz cerca de los presidios y quien se enfrentaba a ellos, les esperaba el traslado a lejanos lugares.
Cordero ordenó al teniente Manuel Carrasco llevar una collera de 103 prisioneros apaches de ambos sexos y de todas las edades a la Villa de Chihuahua. El 2 de diciembre de 1788, 99 de ellos habían sido llevados a Janos, pero durante su corta estancia en el presidio fallecieron tres niños y varias mujeres, siendo añadidos nueve prisioneros más que se encontraban allí. Carrasco llegó a la Villa de Chihuahua el 22 de diciembre, falleciendo al día siguiente tres niños, y uno más el 24 de diciembre, siendo enterrados en el cementerio de la iglesia de la ciudad por un sacerdote, lo que indica que posiblemente fueron bautizados antes de morir.
En la Villa de Chihuahua, el teniente Juan Sartorio, de los Voluntarios de Cataluña, tomó el relevo de Carrasco, quien regresó a Janos. El 30 de diciembre, Sartorio recibió la entrega de siete prisioneros más llegados de Nuevo México a manos del teniente José Maldonado.
El 1 de enero, otro niño murió siendo enterrado con los anteriores, y una mujer fue enterrada en el campo, quizás por no haber querido el bautismo o por haber fallecido antes.
El 2 de enero, Domingo Bergaña, miembro de la tesorería real, inspeccionó a los prisioneros, contando 46 niños entre 1 y 5 años; 17 entre 6 y 14; y 33 adultos de más de 14 años. Para el transporte Sartorio recibió de Bergaña, 39 mulas y 1.200 pesos en efectivo y letras bancarias por un gasto total estimado para el viaje de 60 días por una suma total de 2.043 pesos.
Cuando el 5 de enero de 1789 iba a salir, Sartorio se percató de que dos niños estaban demasiado enfermos para viajar, teniendo que dejarlos allí.
El resto, los 94 prisioneros apaches montados en mulas, y rodeados de la escolta, se dirigieron al sur, hacia Ciudad de México.
Después de una semana de viaje, llegaron el 13 de enero al Presidio de Conchos, cuartel general de la 3ª Compañía Volante. Allí, una de las mujeres cayó gravemente enferma, siendo bautizada antes de morir por el capellán franciscano Sebastián Flores.
Quizás debido a eso, la collera permaneció allí dos días más.
El 19 de enero llegaron a los asentamientos del Valle de San Bartolomé, donde otra mujer cayó gravemente enferma, no pudiendo continuar. Mariano Oviedo, comisionado del subdelegado de la Hacienda Real del Valle de San Bartolomé, escribió un certificado de que “había recibido en esta cárcel real a una india enferma”.
El 21 de enero llegaron a Río Florido, donde Sartorio entregó 92 apaches al sargento Nicolás Tarín, de la 3ª Compañía Volante, quien se haría cargo de la collera hasta Ciudad de México. Allí se añadirían a la collera seis cautivos apaches más, llevados por el carabinero José Manuel Carrasco. Habían salido el 14 de enero de la Villa de Chihuahua y al llevar solo seis apaches viajaron más rápido, llegando a Río Florido el mismo día que Sartorio. Cumplida su misión, Sartorio y Carrasco rellenaron el documento de transferencia para el sargento Tarín.
La collera partió de Río Florido y cuatro días más tarde, Tarín cayó gravemente enfermo sin poder continuar. En el Presidio de Cerro Gordo, Tarín decidió que se encargase de la collera el cadete Mariano Varela, ya que sabía leer y escribir, al contrario que Tarín.
Desde el presidio se envió un correo para informar al comandante general Jacobo de Ugarte de lo ocurrido, quien rápidamente dio el visto bueno de la decisión. El 1 de febrero de 1789, Varela asumió el mando de la collera y de los 17 soldados de la escolta, dirigiéndose hacia Ciudad de México. Seis días más tarde llegaron al asentamiento de El Pasaje, donde por causas desconocidas, Varela dejó a varias muchachas apaches a cargo del capitán José Yrndiola. Cualquiera que fuera la razón, durante los 38 días restantes de viaje, las pérdidas de los prisioneros apaches continuaron aumentando.
Y así fue como Varela entregó 73 apaches a las autoridades militares de Ciudad de México, de los 98 con los que salió. No hay ningún informe que indique que ocurrió con los 25 restantes . Probablemente, fallecieron de enfermedad o fueron vendidas durante el viaje para convertirse en sirvientes.