El Bebote y el síndrome del pequeño caudillo
- Por Editora Dai
Por momentos pareciera que Iván Antonio Pérez Ruiz, mejor conocido ya en diversos círculos políticos y empresariales como “El Bebote”, terminó por confundir la presidencia de la CANACO Juárez con un patrimonio personal.
No con una institución centenaria integrada por miles de comerciantes y empresarios, sino con una plataforma diseñada exclusivamente para alimentar un proyecto político propio.
Y esa diferencia es enorme.
Porque las instituciones sobreviven a las personas precisamente porque existen reglas. Quien llega a presidirlas adquiere obligaciones, no privilegios. Representa intereses colectivos, no ambiciones individuales.
Sin embargo, durante los últimos meses, la historia pública de Iván Pérez parece haber transitado exactamente en sentido contrario.
No es un solo episodio.
Es un patrón.
Las notas periodísticas acumuladas desde junio muestran una constante: conflictos internos, confrontaciones públicas, rompimientos con organismos empresariales, amenazas de acciones legales, cuestionamientos sobre el manejo institucional de la Cámara, el escándalo conocido como Playera Gate, diferencias con consejeros, críticas por la organización de eventos comerciales y, ahora, la posibilidad abierta por él mismo de buscar la Presidencia Municipal de Ciudad Juárez.
Cuando los conflictos dejan de ser aislados para convertirse en permanentes, normalmente el problema ya no está alrededor del personaje.
Empieza a estar dentro del personaje.
La personalidad detrás de los conflictos
La política enseña algo muy sencillo.
Los liderazgos generan consensos.
Los caudillos generan bandos.
Y la diferencia entre ambos consiste en que el primero fortalece instituciones mientras el segundo pretende sustituirlas con su voluntad.
Resulta inevitable observar que prácticamente cada episodio protagonizado por Iván Pérez termina convertido en un conflicto institucional.
El Consejo Coordinador Empresarial marcando distancia.
Consejeros inconformes.
Empresarios cuestionando decisiones.
Columnistas hablando de fracturas.
Versiones sobre posibles responsabilidades legales.
Jueces involucrados en el Playera Gate.
Discusiones sobre rendición de cuentas.
Hasta llegar al punto donde una parte importante del debate dejó de girar alrededor de la actividad empresarial para concentrarse exclusivamente en la personalidad de quien dirige la Cámara.
Eso rara vez ocurre por casualidad.
Generalmente refleja un estilo de liderazgo.
Un liderazgo donde pareciera imponerse la lógica del “yo decido”, “yo represento”, “yo conduzco” y “quien no está conmigo está contra mí”.
La institucionalidad no es opcional
Quizá el aspecto más delicado aparece cuando esa personalidad comienza a chocar con la propia naturaleza jurídica de las Cámaras Empresariales.
La CANACO no es una asociación privada cualquiera.
Es un organismo de interés público regulado por la Ley de Cámaras Empresariales y sus Confederaciones.
Y esa ley establece un principio absolutamente claro.
Su artículo 4 dispone que las cámaras deben abstenerse de realizar actividades de carácter partidista.
La razón es sencilla.
Representan a empresarios de todas las ideologías.
De todos los partidos.
De todas las corrientes políticas.
No pertenecen a Morena.
No pertenecen al PAN.
No pertenecen al PRI.
No pertenecen a Movimiento Ciudadano.
Pertenecen a sus afiliados.
Por eso llama profundamente la atención que, siendo todavía presidente de CANACO Juárez, Iván Pérez haya declarado públicamente que no descarta competir por la Presidencia Municipal de Ciudad Juárez.
Quizá tenga todo el derecho constitucional a aspirar a un cargo de elección popular.
Nadie discute eso.
Lo que sí resulta discutible es utilizar la enorme exposición pública que brinda una presidencia empresarial para alimentar una plataforma político-electoral mientras todavía se encabeza una institución obligada por ley a mantenerse al margen de actividades partidistas.
Porque la línea que separa una aspiración personal de una promoción política puede volverse extraordinariamente delgada.
Y cuando eso ocurre, quien termina pagando el costo es la credibilidad institucional.
Cuando la Cámara deja de ser Cámara
Uno de los aspectos más preocupantes consiste en la aparente personalización de la propia institución.
Las notas recientes dejan entrever una constante preocupación de consejeros respecto de las decisiones internas.
No es casualidad que incluso surgiera públicamente una frase demoledora:
“La CANACO no tiene dueño; tiene consejeros que deben rendir cuentas.”
Esa expresión resume perfectamente el fondo del problema.
Las cámaras empresariales no existen para satisfacer proyectos personales.
Existen para representar sectores económicos.
Cuando el dirigente comienza a comportarse como propietario político de la institución, inevitablemente aparecen las fracturas.
Porque las instituciones colegiadas funcionan mediante acuerdos.
No mediante imposiciones.
Playera Gate
El episodio conocido como Playera Gate terminó convirtiéndose en mucho más que una anécdota.
Abrió un debate sobre la cercanía entre el dirigente empresarial y actores del Poder Judicial.
Las fotografías, la difusión pública y las reacciones posteriores alimentaron una percepción que ninguna organización empresarial quisiera enfrentar: la de aparecer mezclada con intereses ajenos a su función institucional.
Quizá jurídicamente nunca ocurra nada.
Pero políticamente el daño ya existe.
Porque en política la percepción también produce consecuencias.
El conflicto como forma de gobierno
Hay dirigentes que pacifican.
Otros polarizan.
Las evidencias públicas parecen colocar a Iván Pérez en este segundo grupo.
Su paso por la presidencia de CANACO difícilmente puede describirse como una etapa de estabilidad institucional.
Más bien parece una sucesión permanente de confrontaciones.
CCE.
Consejeros.
Empresarios.
Columnistas.
Organizaciones.
Críticos.
Medios.
Todo termina convertido en un nuevo frente.
Y cuando absolutamente todos parecen convertirse en adversarios, quizá convenga hacerse una pregunta incómoda:
¿De verdad todos los demás están equivocados?
¿O será que el problema radica en quien encabeza la institución?
¿Un candidato?
Las declaraciones donde no descarta buscar la Presidencia Municipal terminan por explicar muchas cosas.
Quizá algunas decisiones recientes comienzan a entenderse mejor bajo esa lógica.
Mayor exposición mediática.
Eventos públicos.
Presencia constante.
Construcción de imagen.
Posicionamiento personal.
Todo luce compatible con una estrategia de proyección política.
El problema es que una Cámara Empresarial no puede convertirse en un comité de precampaña.
Ni jurídica.
Ni ética.
Ni institucionalmente.
Porque cada aparición pública deja de representar únicamente al presidente.
Representa a miles de comerciantes.
El verdadero riesgo
El problema de los liderazgos personalistas no consiste únicamente en los conflictos que generan.
Consiste en el daño institucional que dejan cuando terminan.
Los empresarios seguirán existiendo.
La CANACO seguirá existiendo.
Ciudad Juárez seguirá necesitando organismos empresariales fuertes.
Lo que difícilmente podrá recuperarse con facilidad será la confianza, si la percepción pública termina asociando a una institución centenaria con intereses personales o proyectos políticos.
Las personas pasan.
Las instituciones permanecen.
Pero únicamente permanecen cuando quienes las dirigen entienden que no llegaron para adueñarse de ellas, sino para administrarlas temporalmente.
Y quizá esa sea la gran lección que todavía no termina de aprender “El Bebote”.
Porque un dirigente que acumula conflictos, divide a sus representados, confronta a sus aliados naturales y abre dudas sobre el respeto a los límites legales e institucionales corre un riesgo político evidente: dejar de ser recordado por lo que construyó y comenzar a ser recordado únicamente por las crisis que protagonizó.
En política, el poder prestado suele ser el más efímero de todos. Y cuando se ejerce como si fuera patrimonio personal, tarde o temprano las instituciones terminan recordándole a cualquiera que los cargos tienen fecha de inicio… y también de caducidad.