Ciudad Juárez.- La historia de los campos deportivos que hoy reciben a cientos de niñas, niños, jóvenes y adultos en Ciudad Juárez no comenzó con una gran inversión pública ni con un proyecto diseñado desde una oficina.
Surgió, de acuerdo con Arcaido Serrano, de la necesidad de contar con espacios donde practicar deporte, organizar ligas y construir comunidad en una ciudad que, desde hace décadas, ha crecido a mayor velocidad que su infraestructura recreativa.
Serrano relata que los antecedentes de la organización se remontan a 1972, cuando comenzó a estructurarse formalmente una agrupación dedicada al deporte y al desarrollo juvenil.
En aquellos primeros años, muchos de los espacios utilizados para entrenamientos y partidos eran terrenos prestados o áreas que se acondicionaban de manera prácticamente comunitaria.
El objetivo era sencillo, pero exigía organización; disponer de canchas donde la juventud pudiera practicar deporte de manera regular.
Con el paso de los años, aquel esfuerzo fue tomando una forma institucional.
La organización avanzó hacia un modelo de asociación civil que buscaba hacerse responsable del cuidado de los terrenos, su mantenimiento y su operación, disminuyendo al mismo tiempo la carga que representaban para el Gobierno Municipal.
Serrano recuerda que una parte de los terrenos utilizados originalmente estaba vinculada con la universidad y que durante años existieron diferencias relacionadas con su administración.
Hubo momentos de tensión, restricciones y cambios en la disponibilidad de algunos espacios.
Finalmente, se logró establecer un esquema de comodato que permitió avanzar hacia una administración comunitaria de los campos.
La lógica de ese modelo, explica, fue que la sociedad organizada asumiera una responsabilidad que tradicionalmente recaía sobre el gobierno; mantener instalaciones deportivas en condiciones adecuadas.
A partir de entonces comenzó una transformación gradual.
Los terrenos no podían quedarse únicamente como superficies de tierra utilizadas para disputar partidos.
Era necesario incorporar infraestructura, sistemas de riego, delimitaciones, estacionamientos, áreas verdes y mecanismos permanentes de mantenimiento.
Uno de los principales esfuerzos fue la instalación de sistemas de riego y el aprovechamiento de agua tratada para conservar las áreas deportivas.
En una ciudad caracterizada por su clima extremo y por la escasez de agua, mantener zonas verdes representa uno de los mayores retos para cualquier instalación deportiva.
La organización comenzó también un proceso de reforestación.
De acuerdo con Serrano, a lo largo del tiempo se han plantado más de 500 árboles en las diferentes áreas deportivas administradas por la asociación.
Algunos lograron desarrollarse y convertirse en parte del paisaje de los campos; otros tuvieron que enfrentar las condiciones climatológicas de Juárez, la disponibilidad limitada de agua y distintas intervenciones realizadas sobre los terrenos.
La intención, señala, siempre ha sido que los espacios deportivos no sean solamente canchas, sino puntos de encuentro comunitario.
El desarrollo de los campos permitió además ampliar el número de organizaciones y ligas que encontraron ahí un lugar para entrenar y competir.
Actualmente, la estructura deportiva relacionada con estos espacios incluye alrededor de 10 ligas que abarcan desde categorías infantiles hasta competencias de adultos.
A ellas se suman escuelas, academias y equipos que utilizan las instalaciones para entrenamientos y actividades de formación.
El deporte infantil ocupa una parte fundamental de ese modelo
Para Serrano, las canchas cumplen una función que trasciende la competencia. Cada entrenamiento representa una oportunidad para mantener a niñas, niños y adolescentes vinculados con actividades estructuradas, bajo reglas y con acompañamiento de entrenadores.
En las instalaciones también se ha incrementado la participación femenina.
Equipos de fútbol americano femenil, grupos de tochito y diferentes academias utilizan regularmente los campos.
La presencia de niñas y jóvenes en disciplinas que durante muchos años fueron consideradas predominantemente masculinas representa, para la organización, uno de los cambios más relevantes dentro de la comunidad deportiva.
Durante distintos horarios pueden observarse entrenamientos simultáneos.
Hay equipos infantiles, juveniles y adultos utilizando los espacios, mientras entrenadores, padres de familia y responsables de las ligas coordinan actividades.
El modelo se sostiene fundamentalmente mediante las propias actividades deportivas.
Las cuotas relacionadas con partidos, arbitrajes y torneos permiten cubrir una parte importante de los gastos de mantenimiento.
Sin embargo, administrar una infraestructura de estas dimensiones implica costos permanentes.
Serrano señala que uno de los principales gastos corresponde a la operación cotidiana de los campos.
La asociación debe cubrir salarios, obligaciones laborales, seguridad social e INFONAVIT para parte del personal que trabaja en las instalaciones.
A ello se agregan los gastos relacionados con mantenimiento, pintura, limpieza, reparación de infraestructura y preparación de las superficies deportivas.
Uno de los costos que dimensiona la magnitud de la operación es el destinado semanalmente a trabajos de mantenimiento y preparación de campos.
La organización calcula alrededor de 28 mil pesos semanales en diferentes labores relacionadas con la operación y conservación de los espacios.
El presupuesto también incluye los reconocimientos para los torneos
Durante el año, las distintas ligas organizan competencias que requieren trofeos y premiaciones.
Ese concepto puede representar aproximadamente 300 mil pesos anuales.
La intención, explica Serrano, es mantener una estructura en la que los ingresos generados por las propias actividades deportivas regresen a los campos.
No se trata únicamente de cobrar por jugar, sino de utilizar esos recursos para conservar los espacios en funcionamiento.
Por esa razón, la organización asegura estar dispuesta a abrir sus cuentas y demostrar cómo se utilizan los recursos.
Serrano insiste en que la asociación busca ser auditable.
La transparencia, sostiene, resulta indispensable cuando una organización civil administra espacios que tienen una función pública y comunitaria.
Tener claridad sobre cuánto ingresa y cuánto se utiliza en mantenimiento permitiría evitar especulaciones relacionadas con el manejo financiero.
La operación, sin embargo, se ha vuelto cada vez más compleja.
Uno de los principales problemas se encuentra en la disponibilidad de maquinaria.
Acondicionar un campo requiere nivelar terrenos, retirar tierra, trasladar material, limpiar superficies y preparar áreas para instalar pasto o infraestructura.
Muchas de esas tareas resultan prácticamente imposibles sin maquinaria pesada.
La organización busca actualmente apoyo para disponer de ese equipo.
Serrano considera que con maquinaria adecuada podrían recuperarse más terrenos y habilitarse nuevos espacios para actividades deportivas.
Dentro de la red existen campos que se encuentran en operación permanente, otros que han sido prestados y algunos que todavía requieren trabajos importantes de rehabilitación.
Las áreas conocidas tradicionalmente por los deportistas como “los hoyos” o “la X” forman parte de una geografía deportiva construida durante décadas.
En diferentes etapas también se realizaron permutas y acuerdos para reorganizar los espacios disponibles.
Algunas áreas fueron destinadas a equipos y organizaciones identificadas con clubes como Bravos, Indios o Chivas, además de otras agrupaciones deportivas.
La cantidad de espacios relacionados con este esquema alcanza aproximadamente los 200 campos, aunque no todos tienen las mismas condiciones ni el mismo régimen de utilización.
Cada uno representa una necesidad diferente.
Algunos requieren pasto.
Otros necesitan sistemas de riego.
Hay instalaciones donde deben repararse puertas, rejas o mallas.
También existen zonas que necesitan iluminación, baños, servicios de limpieza o mecanismos más eficientes para la recolección de basura.
La construcción de estacionamientos forma parte de los esfuerzos de infraestructura realizados durante los últimos años.
La intención es reducir conflictos entre automovilistas, deportistas y vecinos, particularmente durante los fines de semana, cuando aumenta considerablemente la actividad.
Uno de los proyectos pendientes es continuar ampliando las superficies con pasto natural.
Para ello se requiere garantizar primero la disponibilidad de agua tratada y reparar diferentes componentes de la infraestructura.
El crecimiento, sin embargo, no depende solamente de recursos económicos.
La asociación enfrenta obstáculos administrativos y ambientales que han detenido o dificultado algunos trabajos.
Serrano menciona intervenciones y restricciones relacionadas con dependencias federales como la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales y la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente.
Los señalamientos han generado límites para realizar movimientos de tierra, intervenciones en determinados terrenos o trabajos de limpieza y acondicionamiento.
Para la organización, el problema surge cuando una regulación diseñada para proteger determinadas áreas termina dificultando el mantenimiento de espacios que tienen una función deportiva y social.
El planteamiento de Serrano es encontrar un mecanismo que permita cumplir con las disposiciones ambientales sin impedir la conservación de los campos.
La asociación considera que se requiere mayor coordinación entre los distintos niveles de gobierno.
Mientras algunas autoridades municipales han manifestado disposición para colaborar, existen procedimientos federales que deben resolverse antes de continuar con diferentes proyectos.
Esa falta de articulación provoca que obras aparentemente sencillas puedan detenerse durante largos periodos.
Instalar servicios sanitarios, mejorar la iluminación, retirar determinados materiales, reparar infraestructura o acondicionar terrenos puede convertirse en un proceso administrativo prolongado.
Para quienes utilizan diariamente las instalaciones, esas diferencias institucionales tienen consecuencias directas.
Los equipos necesitan espacios seguros
Las familias requieren estacionamientos adecuados.
Los entrenamientos nocturnos necesitan iluminación.
Los torneos demandan baños, limpieza y condiciones mínimas de seguridad.
Por eso, Serrano plantea que las autoridades deberían observar estos espacios no solamente como terrenos, sino como infraestructura social.
La inversión realizada durante décadas, sostiene, no puede medirse exclusivamente en metros cuadrados de pasto, árboles plantados o sistemas de riego.
También debe considerarse el número de jóvenes que han pasado por las ligas.
Son generaciones completas de juarenses que aprendieron a jugar fútbol, fútbol americano, tochito y otras disciplinas en esos espacios.
Muchos comenzaron como niños y regresaron años después como entrenadores, padres de familia o responsables de equipos.
Ese ciclo generacional representa una de las características más importantes del proyecto.
_Los campos han construido una comunidad alrededor del deporte._
Durante décadas, diferentes administraciones municipales y estatales han tenido algún tipo de relación con la organización.
Serrano recuerda reuniones, acuerdos y gestiones con funcionarios y personajes políticos de diferentes etapas de la historia de la ciudad.
Los nombres cambian con cada administración, pero las necesidades permanecen.
El mantenimiento continúa.
La demanda de espacios deportivos aumenta.
Las ligas siguen creciendo.
Las familias continúan buscando lugares donde sus hijos puedan practicar alguna actividad.
Por esa razón, la asociación sostiene que el modelo debería fortalecerse independientemente de los cambios políticos.
El deporte comunitario necesita continuidad.
Una de las alternativas que Serrano observa es ampliar la participación de organizaciones de la sociedad civil.
Entre las posibilidades mencionadas se encuentra establecer mecanismos de colaboración con agrupaciones como Líderes por Juárez y otras organizaciones interesadas en recuperar espacios públicos.
La idea sería sumar capacidades.
Una organización puede aportar gestión.
Otra podría conseguir maquinaria.
El sector empresarial podría colaborar con materiales.
Los gobiernos podrían facilitar servicios o permisos.
Mientras tanto, las ligas continuarían encargándose de la operación deportiva.
Ese esquema permitiría distribuir las responsabilidades y evitar que toda la carga recaiga sobre una sola institución.
La asociación considera que el municipio también obtiene un beneficio directo cuando la sociedad civil mantiene instalaciones deportivas.
Cada campo administrado por organizaciones comunitarias representa un espacio que el gobierno no tiene que operar directamente.
Pero esa transferencia de responsabilidad, advierte Serrano, también necesita acompañamiento institucional.
No puede pedirse a una organización civil que mantenga decenas de campos mientras enfrenta restricciones para obtener maquinaria, realizar trabajos o acceder a determinados servicios.
La relación debe funcionar en ambos sentidos.
La sociedad organizada puede asumir parte del mantenimiento, pero las autoridades deben proporcionar condiciones legales y administrativas que hagan viable esa tarea.
Para Serrano, el desafío de fondo está relacionado con el crecimiento de Ciudad Juárez.
La ciudad ha multiplicado su población y su extensión urbana desde aquellos primeros años de la década de 1970.
Nuevas colonias han aparecido.
Miles de familias se han trasladado hacia zonas alejadas.
La demanda de escuelas, parques y espacios deportivos también ha crecido.
En ese contexto, conservar los campos existentes se vuelve tan importante como construir nuevos.
Perder una cancha significa perder años de inversión comunitaria
Recuperarla después puede costar mucho más.
La experiencia acumulada durante más de cinco décadas permite observar también otro fenómeno; muchos proyectos deportivos dependen excesivamente de las administraciones gubernamentales.
Cuando termina un gobierno, los programas cambian.
Los responsables son sustituidos.
Los recursos pueden desaparecer.
Las asociaciones civiles, en cambio, pueden ofrecer continuidad.
Esa es precisamente la apuesta detrás del modelo que defiende Serrano.
Crear organizaciones capaces de administrar instalaciones durante años, independientemente de quién gobierne.
El gobierno puede participar.
Las empresas pueden colaborar.
Los ciudadanos pueden involucrarse.
Pero la estructura deportiva permanece.
Para lograrlo, considera indispensable fortalecer los mecanismos de transparencia.
Las asociaciones que administran espacios públicos deben demostrar permanentemente cómo utilizan sus recursos.
Serrano plantea incluso la posibilidad de auditorías externas que permitan revisar ingresos, egresos y gastos de operación.
La organización, asegura, no pretende ocultar sus finanzas.
Por el contrario, busca demostrar que mantener los campos cuesta dinero y que los recursos obtenidos mediante torneos, arbitrajes y actividades deportivas tienen un destino específico.
Esa transparencia también facilitaría la llegada de nuevos apoyos.
Empresas, fundaciones y organismos gubernamentales tienen mayor disposición para invertir cuando existe certeza sobre la utilización de los recursos.
La siguiente etapa del proyecto podría depender precisamente de ese tipo de alianzas.
El objetivo es recuperar campos que actualmente presentan deterioro, mejorar aquellos que ya funcionan y ampliar la infraestructura disponible.
También existe interés en fortalecer las academias deportivas.
Para Serrano, el deporte puede convertirse en un complemento de la educación formal.
Disciplina, puntualidad, trabajo en equipo, respeto a las reglas y responsabilidad son aprendizajes que forman parte de cualquier entrenamiento.
En una ciudad con grandes desafíos sociales, los campos pueden convertirse en espacios preventivos.
Cada niño entrenando durante la tarde representa tiempo ocupado en una actividad organizada.
Cada torneo reúne familias.
Cada entrenador se convierte en una figura de orientación.
La infraestructura deportiva adquiere así una dimensión social que no siempre aparece en los presupuestos públicos.
Las canchas no solamente producen jugadores.
También producen comunidad.
Esa filosofía ha acompañado a la organización desde sus primeros años.
Lo que comenzó como la búsqueda de terrenos para jugar terminó convirtiéndose en una estructura que administra espacios, organiza ligas, mantiene infraestructura y busca garantizar que nuevas generaciones tengan dónde practicar deporte.
Después de más de medio siglo, el reto vuelve a ser parecido al del principio.
Conseguir terrenos.
Cuidarlos.
Mantenerlos.
Y evitar que desaparezcan.
La diferencia es que ahora existe una organización constituida, décadas de experiencia y una comunidad deportiva que ha crecido alrededor de esos campos.
Para Arcaido Serrano, el siguiente paso no consiste únicamente en construir más canchas.
El objetivo es consolidar un modelo donde gobierno, sociedad civil, empresas y organizaciones deportivas puedan trabajar juntos.
La maquinaria que hoy necesitan representa solamente una parte de esa tarea.
También hacen falta permisos, coordinación institucional, infraestructura básica y mecanismos permanentes de financiamiento.
Pero por encima de todo, sostiene, hace falta reconocer el valor social de estos espacios.
Los campos deportivos de Ciudad Juárez contienen historias de generaciones enteras.
Ahí comenzaron niños que después fueron jugadores.
Ahí entrenaron jóvenes que más tarde se convirtieron en entrenadores.
Ahí familias completas han acompañado durante décadas partidos y torneos.
Mantener esos lugares significa conservar algo más que una cancha.
Significa garantizar que la ciudad continúe teniendo espacios donde la juventud pueda encontrarse, competir, aprender disciplina y construir comunidad.
Después de más de 50 años de trabajo, esa continúa siendo la apuesta: que cada terreno recuperado pueda convertirse en un campo y que cada campo pueda representar una oportunidad para un niño o un joven de Ciudad Juárez.