Futbol sin barreras: AF Guerreros, impactando vidas desde una cancha en el suroriente de Juárez
- Por Editora M
Ciudad Juárez.- Ernesto Salazar Serrano creció entre balones gracias a su padre, quien le inculcó el futbol desde que tenía seis años. Su talento lo llevó a formar parte de las fuerzas básicas de Chivas en Guadalajara y posteriormente a jugar con Indios de Ciudad Juárez.
Cuando concluyó su etapa como futbolista profesional decidió permanecer cerca del deporte, pero ahora desde la formación de niñas y niños como maestro de educación física.
El 17 de marzo de 2021 dio vida a AF Guerreros.
La idea surgió mientras trabajaba en el Colegio Juárez. Fueron padres de familia quienes lo animaron a abrir una escuela propia y lo apoyaron con el primer material deportivo para comenzar en un parque ubicado en la colonia Tapioca.
El primer entrenamiento reunió únicamente a cinco niños. Un mes después ya eran más de 40.
El crecimiento fue tan rápido que Ernesto tuvo que incorporar otro entrenador y después un tercero. Actualmente la academia cuenta con cuatro profesores y equipos distribuidos por categorías que abarcan desde la U6 hasta la U16.
“Siempre soñé con crear un espacio para las niñas y niños de mi comunidad, donde el deporte fuera una oportunidad para aprender y crecer”, comparte el entrenador.
Formar personas antes que futbolistas
Aunque AF Guerreros ha conseguido decenas de campeonatos en torneos locales y estatales, Ernesto insiste en que los trofeos no son el principal objetivo.
Durante estos cinco años ha visto cómo el deporte cambia historias familiares.
Recuerda a Brian Santoyo, un niño que llegó cuando tenía cinco años y encontró en la academia un acompañamiento constante. Hoy continúa desarrollando su carrera deportiva en Guadalajara.
También ha visto a varios jugadores ser observados por visores de Bravos de Ciudad Juárez y recibir la invitación para integrarse a las fuerzas básicas del equipo fronterizo.
Pero los logros que más orgullo le generan son otros. Padres de familia le han contado cómo sus hijos mejoraron su disciplina, encontraron amistades o dejaron atrás conductas que los alejaban de un desarrollo saludable.
Quienes conviven diariamente con Ernesto lo describen como un entrenador comprometido con la niñez juarense, que escucha a cada jugador, entiende sus intereses y procura que cada entrenamiento sea un momento de diversión, aprendizaje y formación. Para él, el futbol debe servir para construir niñas y niños de bien.
Una cancha donde Dylan volvió a sonreír
Dylan vive con autismo nivel 1 y TDAH. Desde los tres años, Diana madre de Dylan, comenzó a notar que su desarrollo era distinto al de otros niños. Siguieron años de terapias de lenguaje, lectoescritura, psicología y consultas con especialistas, mientras la familia aprendía a enfrentar nuevos retos.
Pero uno de los más difíciles ocurrió dentro de la escuela, según relata.
Durante su infancia cambió de colegio en varias ocasiones debido al bullying y a las dificultades para integrarse con otros estudiantes. La llegada a secundaria hizo todavía más complejo ese proceso. Las crisis de ansiedad eran frecuentes y Dylan sentía que no pertenecía a ningún grupo.
Fue su hermano menor quien abrió la puerta al futbol.
Primero lo acompañaba a los entrenamientos y observaba desde la orilla, cuenta Diana. Veía correr a los niños, estudiaba cada movimiento y dudaba si él también sería capaz de hacerlo. La primera vez que intentó entrar a la cancha decidió salirse porque pensó que no podría.
Un día una compañera se acercó y le dijo que sí podía jugar.
A partir de ese momento comenzó un proceso distinto. El profesor Ernesto Salazar Serrano aprendió cómo explicarle algunos cambios dentro de la cancha cuando podían desorientarlo, mientras sus compañeros comenzaron a entender sus necesidades y a acompañarlo cuando atravesaba momentos complicados.
“Más que nada encontró un lugar donde se siente seguro, donde están sus amigos y donde siente que pertenece”, cuenta Diana.
La diferencia también comenzó a reflejarse fuera del deporte. Dylan ganó confianza para convivir con otros niños, mejoró su coordinación y encontró una actividad que lo ayuda a canalizar su energía y afrontar con mayor tranquilidad los cambios propios de la adolescencia.
“Yo no lo traje para que fuera el mejor futbolista. Lo traje para que aprendiera, conviviera y creyera en él. Y eso ha pasado”, explica Diana.
Una medalla que cambió su autoestima
En junio de este año llegó uno de los momentos más importantes para Dylan.
El equipo U12 de AF Guerreros se coronó campeón y él formó parte del plantel que levantó el título. Para el adolescente, aquella medalla significó mucho más que ganar un torneo.
Cuando terminó el partido comenzó a contarle emocionado a su mamá cómo había dado un pase, cómo había participado en una jugada y cómo el profesor lo había felicitado.
“Yo soy muy bueno, mamá”, le dijo orgulloso.
Diana asegura que nunca olvidará esa frase porque durante años vio a su hijo dudar de sí mismo.
Ahora ocurre algo distinto. Cuando un compañero cae al suelo, Dylan es de los primeros en acercarse para ayudarlo. Si alguien anota o hace una buena jugada, corre a felicitarlo. Y cuando escucha que las familias y los jugadores le gritan “¡Bien, Dylan!”, responde con una sonrisa y corre todavía más fuerte.
“Más que el campeonato, lo importante fue verlo sentirse capaz.”
Una academia inclusiva, creada para todos
La historia de Dylan marcó un antes y un después dentro de AF Guerreros.
Al observar su evolución, Ernesto decidió abrir un espacio pensado específicamente para niñas y niños neurodivergentes, convencido de que el deporte no debía tener barreras.
Hoy la academia reúne a 29 niñas y niños con autismo, síndrome de Down, TDAH y otras condiciones del neurodesarrollo.
La propuesta es distinta porque la inclusión ocurre dentro de la cancha. Los niños entrenan con acompañamiento y participan junto con los equipos de sus categorías durante los partidos, compartiendo la misma experiencia deportiva que el resto de los jugadores.
Familias provenientes de distintos sectores de Ciudad Juárez, como San Lorenzo, Senderos y Bahía del Sol, llegan hasta AF Guerreros porque encontraron un lugar donde sus hijos pueden jugar, convivir y sentirse aceptados.
El proyecto parte de una idea sencilla: todos los niños y niñas tienen derecho a aprender, hacer amigos, crecer y sentirse orgullosos de quienes son.
Cinco años de una familia llamada AF Guerreros
Este año AF Guerreros celebra cinco años de crecimiento, sueños cumplidos y comunidad.
Lo que comenzó como una pequeña escuela de futbol se ha convertido en una familia integrada por jugadores, madres, padres, entrenadores, amigos y vecinos que han acompañado el proyecto desde sus primeros días.
Las muestras de apoyo han llegado de muchas maneras: donación de material deportivo, patrocinio de balones, recomendaciones entre familias y colaboración constante para que la academia siga creciendo.
Ernesto reconoce que también las críticas y las dificultades han servido para fortalecer el proyecto y mejorar día con día, siempre con el objetivo de impulsar el desarrollo físico y emocional de niñas, niños y adolescentes.
Actualmente AF Guerreros participa en torneos de futbol siete y futbol once, ha representado a Ciudad Juárez en competencias dentro del estado y continúa formando equipos que constantemente disputan finales.
Sin embargo, el siguiente sueño ya está trazado: contar con una cancha propia, un espacio que permita ampliar la academia y recibir a más niñas y niños.
Mientras ese momento llega, cada lunes, miércoles, viernes y sábado la cancha del parque Tapioca vuelve a llenarse de uniformes, risas y familias.
Ahí, donde Dylan descubrió que sí podía jugar, AF Guerreros sigue demostrando que el futbol también puede convertirse en una herramienta de inclusión, rehabilitación, comunidad y esperanza para el suroriente de Ciudad Juárez.