
El carrito de baleros era una locura. Se necesitaba una tabla de madera, cuatro baleros del mismo tamaño para que no se volcara, un mecate y dos palos iguales. Uno de los palos se clavaba en la parte de atrás de la tabla y el otro se colocaba en la parte delantera con un tornillo para que pudiera moverse, luego se colocaban los baleros en cada extremo de los palos y se aseguraban con clavos. Finalmente, el mecate se amarraba a cada extremo del palo delantero. Una vez listo, el piloto de pruebas, vestido con su pantalón de peto, botas de minero y una gorra que hacía las veces de casco, se subía al carrito y los ayudantes lo empujaban cuesta abajo. El problema era que no tenían frenos, así que solo se paraba arrastrando las botas en el pavimento o estrellándose contra un poste o un montón de tierra. ¡Eso era adrenalina pura!