-El crecimiento urbano, las pedreras y la falta de planeación amenazan uno de los ecosistemas más importantes del Desierto Chihuahuense
Ciudad Juárez.- Desde cualquier punto de Ciudad Juárez hay un elemento que define el paisaje.
Al poniente, una cadena montañosa rompe la horizontalidad del desierto y acompaña la vida cotidiana de más de un millón y medio de habitantes.
Es la Sierra de Juárez, un patrimonio natural que existía miles de años antes de la fundación de la ciudad y que hoy enfrenta una de las mayores presiones ambientales de su historia.
Mientras la expansión urbana avanza sobre las laderas y continúan las actividades extractivas en distintos puntos de la sierra, científicos, ambientalistas y ciudadanos advierten que la discusión ya no es únicamente sobre el paisaje.
Lo que está en juego son los servicios ambientales que hacen habitable una de las ciudades más áridas y cálidas de México.
"No es un terreno vacío esperando ser ocupado. Es un ecosistema vivo que ha estado aquí mucho antes que nuestra ciudad", resume el colectivo Sierra de Juárez, organización integrada por ciudadanos que desde hace varios años documenta afectaciones ambientales en la montaña.
El corazón del Desierto Chihuahuense
Ciudad Juárez se encuentra asentada dentro del Desierto Chihuahuense, considerado el desierto con mayor diversidad biológica de América del Norte y uno de los ecosistemas áridos más ricos del planeta.
La Sierra de Juárez forma parte de este sistema ecológico y constituye un elemento geográfico que delimita el poniente de la ciudad.
Aunque el imaginario colectivo suele asociar al desierto con un espacio vacío, la realidad científica muestra exactamente lo contrario.
En estos ecosistemas sobreviven cientos de especies vegetales adaptadas a condiciones extremas de temperatura y escasez de agua. Gobernadora, ocotillo, sotol, lechuguilla, yucas, mezquites, nopales y diversas cactáceas conforman un paisaje que tardó miles de años en evolucionar.
Muchas de estas plantas crecen apenas unos cuantos centímetros por año.
Algunas cactáceas requieren varias décadas para alcanzar su madurez, por lo que la pérdida de una población difícilmente puede recuperarse en tiempos humanos.
Una fábrica natural de servicios ambientales
Durante décadas, el valor económico de la Sierra de Juárez se midió por la piedra que podía extraerse de ella.
Sin embargo, especialistas en ecología urbana sostienen que su verdadero valor reside en los servicios ambientales que presta gratuitamente todos los días.
La montaña funciona como una enorme infraestructura natural.
Cuando ocurren lluvias intensas, la vegetación y la estructura rocosa disminuyen la velocidad del agua, favorecen su infiltración hacia el subsuelo y reducen la erosión.
Sin esta barrera natural, los escurrimientos llegan con mayor fuerza hacia las zonas urbanizadas, incrementando el riesgo de inundaciones.
En una ciudad donde las precipitaciones suelen concentrarse en pocos días del verano, esta función adquiere especial importancia.
La sierra también captura partículas suspendidas que son transportadas por los fuertes vientos característicos de la región.
Aunque no elimina completamente la contaminación atmosférica, ayuda a reducir parte del polvo que diariamente afecta la calidad del aire de Ciudad Juárez.
Otro beneficio es la regulación térmica
Mientras el concreto y el asfalto absorben enormes cantidades de calor durante el día y las liberan lentamente durante la noche, los ecosistemas naturales ayudan a moderar las temperaturas y disminuyen el fenómeno conocido como "isla de calor urbana", uno de los principales problemas asociados al cambio climático.
Lejos de ser un espacio deshabitado, la Sierra de Juárez constituye refugio para una amplia variedad de especies.
Coyotes, zorra del desierto, gato montés, liebres, conejos, reptiles, aves rapaces, búhos, halcones y decenas de especies de insectos dependen de estos ecosistemas para sobrevivir.
Los corredores biológicos que forman las sierras permiten el desplazamiento de la fauna entre distintas zonas naturales, evitando el aislamiento de las poblaciones.
Cuando una carretera, un fraccionamiento o una cantera fragmentan estos corredores, muchas especies pierden acceso a alimento, refugio o sitios de reproducción.
El resultado suele ser una disminución progresiva de la biodiversidad.
La presión del crecimiento urbano
Durante las últimas tres décadas, Ciudad Juárez ha experimentado una expansión acelerada hacia el sur y el poniente.
Nuevos desarrollos habitacionales, vialidades, infraestructura y bancos de materiales han modificado el paisaje natural.
Las organizaciones ambientalistas denuncian que parte de este crecimiento ha ocurrido sin considerar la capacidad ecológica del territorio.
Cada nueva pedrera implica detonaciones, trituración de roca, emisiones de polvo, tránsito constante de maquinaria pesada y remoción permanente de la cobertura vegetal.
A diferencia de otros recursos, una montaña no puede restaurarse mediante programas de reforestación.
Las alteraciones al relieve son prácticamente irreversibles.
El costo invisible del desarrollo
Uno de los principales errores en la planeación urbana consiste en asumir que conservar áreas naturales representa un costo económico.
Diversos estudios internacionales demuestran exactamente lo contrario.
Los ecosistemas saludables reducen gastos públicos relacionados con control de inundaciones, tratamiento de agua, salud pública, mitigación del cambio climático y restauración ambiental.
Cuando estos servicios desaparecen, deben sustituirse mediante infraestructura gris: presas, colectores pluviales, muros de contención, plantas de tratamiento o sistemas artificiales mucho más costosos.
En otras palabras, destruir una montaña implica perder una infraestructura natural que trabaja todos los días sin costo para la ciudad.
Una identidad que también está en riesgo
La Sierra de Juárez no solo posee valor ecológico.
También representa uno de los principales símbolos de identidad para la frontera.
Durante generaciones ha sido escenario de actividades recreativas, senderismo, observación de aves, fotografía de naturaleza y educación ambiental.
Es el paisaje que acompaña diariamente a quienes viven en la ciudad.
Perder la sierra significaría también perder parte de la memoria colectiva de Juárez.
Un debate sobre el futuro
El colectivo Sierra de Juárez insiste en que la defensa de la montaña no busca frenar el desarrollo económico.
Busca replantearlo.
"Cada explosión, cada hectárea removida, cada extracción ilegal de flora y cada expansión sin planeación significan una pérdida que difícilmente puede recuperarse."
La afirmación resume una discusión que comienza a cobrar fuerza en ciudades de todo el mundo.
La verdadera competitividad urbana ya no depende únicamente de construir más viviendas, más carreteras o más infraestructura.
También depende de conservar los ecosistemas que garantizan agua, aire limpio, regulación climática y bienestar.
En una región donde el cambio climático incrementa la frecuencia de olas de calor y la presión sobre los recursos hídricos, proteger la Sierra de Juárez deja de ser únicamente una causa ambiental.
Se convierte en una estrategia de adaptación y resiliencia para toda la ciudad.
Porque una montaña tarda millones de años en formarse.
Una explosión puede destruirla en segundos.
Y una vez que desaparece, ninguna inversión pública será capaz de reconstruir el paisaje, la biodiversidad y los servicios ambientales que alguna vez sostuvo.
La pregunta ya no es cuánto cuesta conservar la Sierra de Juárez.
La verdadera pregunta es cuánto le costará a Ciudad Juárez perderla.